El hombre todavía no había pisado la Luna y la guerra de Vietnam llegaba a su punto más tirante cuando un grupo de argentinos decidió poner en marcha la primera expedición del país al Polo Sur. Durante 45 días recorrieron unos 2.900 kilómetros, superando fisuras en el hielo, vientos blancos de 100 kilómetros y jornadas interminables de 38 horas.

El 6 de diciembre se cumplieron 50 años del día de inicio de aquella hazaña y sus protagonistas fueron distinguidos en el Monumento a la Bandera, en Rosario.

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La temeraria Operación 90 (por los 90 grados sur de latitud que tiene el Polo) fue comandada por el coronel de caballería Jorge Edgar Leal, que ahora tiene 93 años y vive en Salta. Leal ya había fundado la Base Antártica Esperanza.

La travesía empezó el 6 de diciembre de 1964, cuando 10 voluntarios del Ejército, con 6 tractores oruga Snowcat y 16 trineos de arrastre, partieron desde el Palomar a la base Belgrano. Uno de los retos era lograr que los vehículos no sucumbieran a las bajas temperaturas. “Habíamos ensayado una aproximación en el año 57, pero los tractores se quedaron sin respuesta.

Así que viajé a los Estados Unidos y Canadá para seleccionar el remolque adecuado y personalmente los fui adaptando a las características del terreno”, recuerda el por entonces suboficial principal mecánico Ricardo Ceppi, que ahora tiene 83 años.

Ya estaba todo listo. Los preparativos incluyeron el patrullaje de la zona, la distribución de los alimentos en los trineos, pero cayeron bajo el manto de la noche polar y debieron postergar la partida hasta el 26 de octubre del 65. “Además de los pasos que nos separaban de la base norteamericana Amundsen-Scott, había que subir hasta unos 3 mil metros sobre el nivel del mar. Para soportar el frío nos poníamos varias capas de abrigo y para orientarnos en la nieve, no teníamos cartas ni GPS, todo se hacía en forma artesanal” recuerda Florencio Pérez (82).

Dos trineos se desplomaron en una grieta y varios Snowcat fueron dejados en el trayecto como depósito de combustible y guía para hallar el camino de vuelta. “Al superar los 1.900 metros de altura desapareció la nieve y se abrió un paisaje de hielo. Íbamos a 3 km. por hora. Los primeros en desmembrarse fueron los trineos y tuvimos que distribuir el peso de los equipos entre los que estaban sanos”, rememora Pérez.

Como en una tragedia cinematográfica, la última etapa fue la más angustiante. La temperatura cayó hasta los 50° bajo cero y los vehículos fueron enlazados con sogas de nylon. Para completar una jornada de 50 kilómetros se demoraba 38 horas. Con las manos entumecidas y el ánimo chamuscado por el frío, el 10 de diciembre plantaron una enseña patria en el vértice sur del continente.

Noruegos, ingleses y otros pocos expedicionarios lo habían logrado antes. “No era un capricho atlético, sino un requisito para reclamar soberanía sobre nuestro territorio. En los estrados internacionales nos decían que no podíamos reivindicar el suelo que nunca habíamos pisado” concluye Ceppi. Cinco días el viaje de regreso fue mucho más simple. Tardaron 21 días. “Veníamos en bajada, no teníamos tanto peso y habíamos marcado el sendero”, remarca Pérez.

Ya en Buenos Aires fueron héroes: los recibieron miles de personas.

Una historia dentro de la historia

Meses después estos valientes recorrieron el país llevando a las escuelas su relato y sus fotos y también pasaron por Ascensión.

Ni siquiera las pequeñas escuelas de campo quedaron afuera de su periplo, es así que llegaron a Ham donde a instancias de la maestra y como no tenían nada para obsequiarles los chicos le regalaron la copa que habían ganado recientemente en un campeonato de fútbol, para ellos un verdadero tesoro.

Pasaron los años y no imaginaron el valor que dio a ese obsequio suboficial principal mecánico Ricardo Ceppi, que la conservó en la vitrina de los reconocimientos recibidos, pero pensó nadie entendería bien su significado por lo que decidió devolverla a esos chicos ahora hombres.

Según sus palabras le costó encontrar la escuela, pero lo logró y una mañana de hace unos 12 años volvió a la escuelita y se reencontró con esos alumnos, volvió a contar la historia de la llegada al polo a los alumnos actuales y a la recordada docente Sra. Graciela Abil, quien con ex alumnos de la escuela organizó para la noche una hermosa cena en la Sociedad Rural de General Arenales.

Una gran torta con la copa reluciente al frente, anécdotas, emociones coronaron la velada.

Una historia inconclusa que representa muchas historias

Para aquellos que valoramos las documentaciones del pasado de nuestra comunidad, escuchamos más a menudo de lo que quisiéramos que alguien ha limpiado y quemado papeles y fotos viejas. Una actitud que parece decir todo eso no me interesa, quiero borrarlo de mis recuerdos, es basura.

Se destruyen así cosas invalorables y por las cuales irrecuperables que hacen a la historia de una comunidad.  Esta foto encontrada en el basura por el Sr. Risoli, y que gentilmente nos facilitó, ha sido motivo de una investigación en la que colaboró un familiar, el Sr. Dardo Alori.

La revista que tiene el “canillita” es Mundo Argentino, con un valor de 20 centavos. Con esos datos se puedo saber que ese ejemplar como máximo podía ser de la década del año 20, ya que posteriormente cambió la diagramación de la misma. El nombre Mundo Argentino, pasó de estar en la parte superior al ángulo izquierdo inferior. Analizando el piso, descartamos fuese el Hotel Italia, no pudiendo saber que otro lugar sería.

Es evidentemente una foto “armada” por la pose y ropa del niño que al día de hoy tendría más de 90 años.

¿quién es el niño? ¿Quién la descartó y fue a parar al basural?

No tire, traigamos todo lo que piensa quemar o nos llama y lo retiramos.  Lo que para algunos es basura, para nosotros será un obsequio que agradeceremos y documentos para generaciones venideras.