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Imagino que alguna vez le sucedió que le preguntó a un amigo o familiar como se sentía y la respuesta que obtuvo fue, palabras más palabras menos: “bien” o “mal”, y no estoy haciendo referencia a las conversaciones en las que dichas preguntas se realizan por cortesía o a modo de saludo, si no a aquellas a las que podríamos catalogar, si se quiere, como más intimas o cercanas.

También puede suceder que su amigo o familiar le responda con una opinión o un pensamiento acerca de lo que sea, sin hacer referencia al sentimiento ya que es muy probable que en ese momento no haya podido discernir al respecto.

Es frecuente que esto suceda ya que no siempre somos concientes de nuestro mundo emocional y no profundizamos en aquello que nos ocurre y cómo nos sentimos, es decir que nos cuesta identificar y “poner en palabras” nuestras emociones.

A primera vista, tal vez pensemos que nuestros sentimientos son evidentes, pero una reflexión más cuidadosa nos hará dar cuenta de las muchas ocasiones en las que realmente no hemos reparado en lo que sentíamos con respecto a algo y esto se debe a que nadie nos ha enseñado a gestionarlas, ¡la buena noticia es que podemos aprender a hacerlo!

El psicólogo y escritor Daniel Goleman hace referencia al término “inteligencia emocional”, clave para nuestro bienestar y para el desarrollo de las relaciones con los demás. En síntesis, considera que una de las características de las personas que gozan de inteligencia emocional es que son conscientes de las propias emociones y logran reconocer su sentimiento en el momento que ocurre.

Pero primero lo primero, ¿Qué es una emoción?, “Una emoción es un estado psicológico complejo que implica tres componentes distintos: una experiencia subjetiva, una respuesta fisiológica y una respuesta conductual o expresiva” (Hockenbury, 2007)

Con respecto a la experiencia subjetiva, aunque no podemos negar la existencia de las emociones básicas universales, los investigadores también creen que la experiencia de la emoción puede ser muy subjetiva. Además no siempre experimentamos formas “puras” de cada emoción, ni los mismos sentimientos se manifiestan ante acontecimientos o situaciones de la vida similares. En cuanto a las respuestas fisiológicas, estas son controladas por el sistema nervioso simpático, una rama del sistema nervioso autónomo que controla las respuestas involuntarias del cuerpo, además las investigaciones más recientes han demostrado que la amígdala juega un papel muy importante en la respuesta fisiológica emocional y en particular, en el miedo. Y en lo que respecta a la respuesta conductual, hacemos referencia a la expresión real de la emoción como es el caso de la sonrisa para indicar alegría o el ceño fruncido para exteriorizar enojo, sin embargo también es importante comprender que a partir de un sentimiento generamos una acción por lo que no origina necesariamente una única respuesta sino que esta puede ser flexible y se pueden buscar comportamientos alternativos.

¿De qué forma podríamos mejorar la relación con nuestras emociones?

Cuando nos invade una emoción en primer lugar es necesario aceptarla, no evadirla y registrar en qué parte del cuerpo la estamos sintiendo, será elemental hacer un pequeño esfuerzo por no buscarla en la mente con forma de idea sino en el cuerpo, allí está la emoción vibrando.

Luego, como un paso imprescindible debemos identificarla, lo que no quiere decir que nosotros nos identifiquemos con ella, es decir lo conveniente es expresar: “estoy sintiendo ansiedad”, “estoy sintiendo tristeza” y no referirnos a ella de forma que nos arrastre: “estoy ansioso”, “estoy triste”.

Es esencial que comprendamos que se trata de un sentimiento temporal que es vital atravesar, será sumamente beneficioso preguntarnos acerca de la emoción, por ejemplo: ¿Cuál puede ser la causa por la que me siento así? ¿En qué estaba pensando antes de que irrumpiera?

Por último, permitámonos dejarla fluir sin etiquetarla como buena o mala, no realicemos juicios de valor respecto a lo que sentimos, cada emoción tiene un mensaje para nosotros y cuando nos permitimos aceptarlas, sentirlas y entenderlas pueden fluir a través de nuestro cuerpo y de nuestra mente. 

Cuando aprendamos a observar y a expresar lo que sentimos con perspectiva y, sobre todo sin juicios, nos relacionaremos con nuestras emociones de una forma más sabia y saludable.