Monseñor Roberto Teodoro Amondarain, sacerdote de la diócesis de Zárate-Campana, murió el sábado 16 de marzo a los 90 años de edad. “Nos unimos en oración en el día del Santo Cura Brochero -de quien era muy devoto -, para que por su intercesión goce del eterno y merecido descanso”, pidió el obispo de Zárate-Campana, monseñor Pedro María Laxague.

“Nos unimos en oración en el día del Santo Cura Brochero -de quien era muy devoto -, para que por su intercesión goce del eterno y merecido descanso”, pidió el obispo de Zárate-Campana, monseñor Pedro María Laxague, al informar su deceso. “Doy gracias al Señor por tantos años de servicio fiel a nuestra diócesis de Zárate – Campana”, agregó.

Los restos del sacerdote fueron velados el sábado 16 en la parroquia San Antonio de Padua, de la ciudad bonaerense de San Antonio de Areco.

Monseñor Laxague presidió este domingo 17 de marzo la misa de exequias, tras la cual los restos del padre Amondarain fueron llevados al cementerio de San Antonio de Areco, para su inhumación.
En su homilía, monseñor Laxague recordó las conversaciones que mantuvo con el sacerdote fallecido y los gestos tan característicos que tenía al hablar, “como firmando lo que decía”.

El Padre Amondarain nació el 9 de noviembre de 1928 en la ciudad bonaerense de Pergamino y fue ordenó sacerdote el 30 de noviembre de 1952 por el entonces obispo auxiliar de La Plata, monseñor Enrique Rau. En 2004 fue distinguido con el reconocimiento de Capellán de su Santidad, por lo que recibía tratamiento de “monseñor”.+

Tras la muerte de su padre cuando tenía 7 años y después de haber vivido en ciudades como Junín o San Gregorio, en Santa Fe, la figura más influyente fue su tío, párroco durante 43 años de La Merced, en Pergamino. En esa ciudad cursó hasta sexto grado en los Hermanos Maristas y después pasó directo al seminario,  del que egresó 12 años después. A los 24, su primer destino fue San Pedro y luego de la muerte de su tío volvió a Pergamino. Su primera parroquia fue Santa Teresa de Acevedo, y luego fue a Ascensión, donde siendo muy joven continuo la tarea fundacional del Colegio Nuestra Señora que había iniciado el Padre París Etulain.

En Ascensión se lo recuerda con mucho cariño por su enorme labor pastoral, ganándose el afecto de todos los vecinos. Más tarde el obispo de entonces lo destina  a San Antonio de Areco, donde estuvo a cargo de la Parroquia San Antonio de Padua desde 1966 hasta 1981. Siguieron  diez años en Escobar  hasta 1991 y luego otros diez en Garín, la iglesia de Luján en Baradero y el regreso a Areco. Jubilado desde 2002 y desde su casa construida a su gusto sobre la calle Bolívar casi Segundo Sombra, continuó ayudando a los párrocos de San Antonio y San Patricio, sus misas en el Hogar Morgan  – algunos domingos, con gente hasta los pasillos – hasta casi sus últimos meses. Como bien decía, “nunca se deja de ser cura”.

A los pocos meses de estar a cargo en San Antonio de Padua, fallecen en un accidente su hermana, cuñado y dos sobrinas y en los dos años siguientes, murieron su madre y hermano. Esa soledad inicial – lo sobrevive un sobrino-  no fue tal, en tanto sus muchos feligreses, aquellos que crecieron y se formaron en la fe cristiana con su sacerdocio lo siguieron cuidando hasta su muerte.

Ejerció un sacerdocio sobrio y profundamente secular, no dejaba de lado sus opiniones y disfrutaba  los encuentros con sus pares, jornadas y retiros en Luján o espacios donde la Fe fuera protagonista.

Otro capítulo fueron sus numerosos viajes, principalmente hacia la localidad de Mina Clavero – Villa Cura Brochero . Devoto del Santo,  y conocedor como pocos de  su derrotero, podrá considerarse no casual en absoluto su partida en el día de la conmemoración del cura gaucho.

La alegría y disfrute de la celebración de sus cincuenta años en Areco organizado por el padre Fernando Crevatín en el Prado Español el 8 de octubre de 2016 fue la oportunidad perfecta para destacar su vida y decirle gracias por anticipado. Delegaciones de Escobar, Ascensión, Baradero y vecinos arequeros se congregaron aquel mediodía para abrazarlo y acompañarlo en una jornada donde fue distinguido como Ciudadano Ilustre por el Concejo Deliberante.

Son esos los fieles que, grupo de whastsapp mediante, se organizaron para cuidarlo en los últimos meses junto al padre Fernando. Son ellos los últimos que escucharon sus consejos, como aquel que también eligió en aquel mediodía de octubre y que recordó tan bien la crónica de esta página en cada final de misa, y en referencia  a las rejas de la  Iglesia: “sean buenos de la puerta para afuera”.