A los 27 años, Marco Torsigliri alcanzó uno de sus sueños;  jugar en uno de los equipos más grandes de la Argentina. En febrero pasado, llegó a Boca Juniors y fue recibido con bombos y platillos. “Estoy muy bien, contento por cómo me recibieron en Boca. Venía de una situación complicada con el Metalist de Ucrania, por problemas económicos que atravesaba el club y por la situación social difícil del país con la guerra”, le confió a El Tribuno Marco, quien tiene parte de su familia en Ascensión y conserva gratos recuerdos del tiempo que vivió en nuestro pueblo. Humilde y tranquilo a la hora de hablar, el flamante defensor de Boca de entrada se destacó por su fortaleza física y por su solidez defensiva. “Le calzó justa la camiseta” coinciden los xeneizes, quienes lo apodan “el serio” por su sensatez y mesura a la hora de conversar y proceder. Este gran momento profesional va de la mano de una noticia que se enteró hace pocos días y que lo hizo muy feliz: con su compañera la también ascensionense María Paula Gómez, están esperando su primer hijo para diciembre.

Estamos de tres meses y muy contentos, dijo dispuestos a vivir una nueva etapa. Estaba desayunando en el club cuando Paula me mandó una foto con el test de embarazo positivo. Me llamó emocionada y toda la familia está muy contenta.

Todavía no caigo! El otro día fui a una casa que vende ropa de bebé y no podía creer encontrarme en esa situación. Estoy desconcertado pero feliz, es un regalo de la vida y lo estamos disfrutando. Con Paula estamos hace seis años juntos y el bebé nos va a unir aún más.

-¿Cómo se dio tu llegada a Boca?

-Estábamos viviendo en Ucrania cuando se me dio la oportunidad de venir a Boca. El tema de la guerra fue determinante. Diciembre es un mes difícil para conseguir club y surgió la posibilidad de venirnos a la Argentina. Estoy muy contento porque el balance del semestre es muy positivo en lo personal. A mí me quedaba un año y medio de contrato con el Metalist pero me quedé libre por falta de pago, con el pase en mi poder. Me vine a Boca a préstamo por un año, con opción de compra.

-¿Cómo te recibieron en el club?

-Bien, es un grupo bárbaro y hay buen clima. El cuerpo técnico también, son todos gente muy sencilla. Todo eso hizo más fácil mi adaptación y la de los otros chicos nuevos que vinieron. Estar en un club tan importante genera presión y la sentís en la calle, en el día a día. Jugar en la Bombonera es hermoso y en Boca todo es multiplicado por diez, ya sea para bien o para mal. Me gusta sentir esa presión.

Antes, cuando jugaba en Vélez, ir a jugar de visitante a la Bombonera y tener a todos los hinchas en contra era bravo. Temblaba la cancha y ahora, tenerlos a todos ellos de local cada 15 días, es hermoso. Lo disfruto mucho.

-¿Cómo es un día en tu vida?

-Me levanto a las 6 de la mañana, muy temprano porque vivo en Ituzaingó y tengo un viajecito hasta La Boca. Llego 7 y pico, desayuno en el club con el Burrito Martínez y Jonathan Cristaldo, que también son del Oeste. Hago un poco de gimnasio, tomamos mates con los chicos y a las 9 empezamos a entrenar, hasta el mediodía. Almuerzo y llego a casa para dormir la siesta. Y a la noche me acuesto temprano.

A tarde estoy con mi familia, escucho música, toco el teclado. No soy pianista pero me gusta tocar el piano. Y con mis amigos de la vida tenemos una banda, nos juntamos en una casa y tocamos temas de cumbia y lentos también, es un pasatiempo, nada profesional, nunca estudié. Siempre lo hice de oído, de autodidacta. En un futuro, me gustaría dedicarme un poco más a eso, tomar clases.

-Vayamos para atrás. ¿Dónde naciste?

-En Capital, y viví hasta los 5 años en Once. Después nos mudamos a Castelar. Mi papá, Amilcar, es médico clínico y labura en el Hospital Argerich. los miércoles, después del entrenamiento me voy a comer con él al hospital. Mi mamá, Mónica, es ama de casa. Mi hermana, Salomé (30), es psicóloga y tiene dos nenes. A mis once años, mis viejos se separaron y con mi mamá y mi hermana nos fuimos a vivir a Ascensión.

-¿Sufriste la separación?

-En ese momento, sí, lo sufrí. Era chico. Después, con el tiempo, me fui dando cuenta de que era algo normal, que podía pasarle a cualquiera y que lo importante era poder llevarse bien. Después, cada cual volvió a formar pareja y mi mamá tuvo a Ivo (12), y mi papá a Antonela (12), Sol (10) y Santino (2). En total, somos seis hermanos, ¡una mesa larga!

-¿Te costó mudarte a un pueblo chico?

-Al contrario, ¡fue hermoso! Con Salomé éramos chicos, nos gustaba porque podíamos andar libremente, no existía la inseguridad. Yo de chiquito jugaba en las inferiores de Vélez pero con la separación de mis viejos, había dejado de jugar. Estando en Ascensión, mi mamá me convenció para retomar y me llevaba todos los días a practicar en Sarmiento de Junín, donde jugué dos años seguidos.

-Fuiste canillita de El Tribuno.

-Sí, ¡qué lindo recuerdo! Lo hice desde los 11 hasta los 13, que fue el tiempo que viví en Ascensión. Lo hacía porque me gusta trabajar desde chico. Mi vieja me pidió que lo hiciera y hoy entiendo que fue para que aprendiera a ganarme las cosas y a valorarlas. Lo hice más por ese sentido que por necesidad. Fue una linda experiencia y tengo los mejores recuerdos. Casi siempre repartía el diario en bicicleta en la estación y me encargaba de levantar los cumpleaños de la gente para ponerlos en la página de sociales.

-¿Cuándo definiste que ibas a ser futbolista?

-De chico, tenía muchas condiciones para jugar y mis viejos me llevaron a probar en Vélez. Quedé, hice las inferiores y recién a los 14 o 15 años me di cuenta que me gustaba mucho y que quería que mi vida pase por ahí. Me dediqué más de lleno y a los 15, me volví a Buenos Aires a vivir con mi viejo y al tiempo debuté en Vélez.

-¿Se te cruzó por la cabeza ir a la facultad?

-Sí. Lo veía trabajar a mi papá y me anoté en Medicina, en la UBA. Hice el primer cuatrimestre del CBC pero justo me ascendieron a Primera y dejé la facultad. Era imposible, quedé libre porque no me daban los tiempos. En 2007, me fui un año a préstamo a Talleres de Córdoba. Era chico, tenía 18 años y me costó dejar el club pero aprendí mucho, gané experiencia. A lo lejos, aprendí a valorar más. De 2008 a 2010 jugué en Vélez, y me cedieron al Sporting de Lisboa.

-¿Seguías solo o ya estabas de novio?

-No, ahí ya estaba con Paula (26), a quien conocí en 2009 en Ascensión. En el pueblo viven mis abuelos y seguí yendo seguido los fines de semana. Con Paula nos conocemos desde chiquitos y me la presentó mi prima Sole Balmaceda, que es su amiga del colegio. Le dije que Paula me gustaba y Sole fue nuestra intermediaria.

-Al principio, fue difícil yo entrenaba todos los días en Buenos Aires y ella estudiaba Ingeniería en Alimentos, en Junín. Así que viajaba y nos veíamos un rato en Junín, en la casa de su hermano. Cuando me salió irme a Portugal, lo hablamos, ella dejó todo y nos fuimos juntos. Eso lo valoro mucho, hizo un sacrificio muy grande.

Fue bravo estar lejos de todos. El primer año, en Lisboa, nos costó mucho el desarraigo y tener a los afectos lejos. Nos hicimos fuertes; sabíamos que era trabajo, que nos rendía en lo económico y que teníamos que hacerlo. Estar acompañado por Paula fue muy importante. En 2011, pasé a préstamo por un año al Metalist de Ucrania, con posibilidad de compra. Jugué bien y a los seis meses me compraron. En 2013, me dieron un año a préstamo al Almería, en España, y después volví a Ucrania.

-En Ucrania el choque cultural fue más fuerte?

-Sí, es mucha la diferencia. Cuando llegamos y vimos todos los carteles en ruso, ¡no entendíamos nada! Teníamos un traductor para las charlas y los videos. Nos fuimos acomodando de a poco. Encima mi compañero central era senegalés, ¡imaginate la comunicación! El frío  es muy intenso, pero por suerte las pretemporadas las hacíamos en España o Dubai, que hacía calor.

-Hablaste de la guerra.

-Sí, fue muy fuerte. La peor parte, que fue cuando murieron 100 personas en Kiev, nosotros no estábamos. Pero sí presenciamos la última parte. Íbamos en colectivo a jugar y en la ruta veíamos puestos militares como en las películas. Hasta se nos metieron adentro del micro, pensando qué se yo qué éramos. En el club nos decían que podían invadir la ciudad, y vivíamos con ese miedo permanente. El avión que voltearon, cayó a 150 kilómetros de donde vivíamos. Escuchábamos bombardeos y hasta tiraron la estatua más importante de la ciudad.

-Te apodan el serio. ¿Lo sos?

-En la cancha, sí. En el trabajo, uno trata de hacer las cosas bien y mi apariencia da esa imagen. En mi casa, relajado, soy distinto.

-Vas a ser papá, ¿te gustaría casarte?

-No es algo que hablemos. Con mi trabajo es difícil, voy de un lado para el otro y programar es casi imposible. Se tendría que dar de manera natural, como lo del embarazo.

-¿Querés nena o nene?

-Una nena, porque las nenas son más del padre. Aunque si viene nene también voy a estar contento. ¡Se me van a caer las babas!

-¿En tu tiempo libre qué te gusta hacer?

-Ir a pescar. Cuando puedo, voy a tirar la caña a La Mar Chiquita, en General Arenales. Tengo un amigo, Javier López, que es el novio de mi prima Cintia Mondino, y salimos en su lanchita. Pescamos pejerreyes, me gusta y me distrae.

-¿Qué te provoca volver a Ascensión?

-Mucha alegría. Tengo amigos y parte de mi familia, y cada vez que vuelvo recibo el mismo cariño de siempre. No cambió el trato de la gente para conmigo y eso me gusta, porque sigo siendo el mismo Marco que vivió parte de su adolescencia en Ascensión.