Lucas Matthysse pasó del dominio abrumador a las dudas y el sufrimiento para ganarle al valiente ruso Provodnikov en un combate inolvidable; un triunfo que lo valoriza y lo acerca a un enfrentamiento con Mayweather o Pacquiao.En una noche se reunieron todas las cualidades y condicionantes que pueden ofrecer el gran espectáculo del boxeo profesional: destreza, arte, sangre, triunfalismo, valentía y sufrimiento. Eso es lo que expusieron el chubutense Lucas Matthysse (63,050 kg) y el ruso Ruslan Provodnikov (63,275), dos ex campeones mundiales welter jr. Llegar a ello en esta disciplina implica cumplir con lo esperado. Y ambos dieron vida a un combate inolvidable, cambiante e indefinido hasta el último campanazo que terminó volcándose en favor del argentino.

En el Turning Stone Resort Casino de Verona, Nueva York, Matthysse fundamentó la victoria por la notable producción gestada en el primer ciclo del match. El criterio de los jurados lo consagró vencedor en decisión mayoritaria en 12 capítulos: 115-113, dos de ellos, y el restante 114-114, coincidente con el criterio de la nacion Deportiva, que adjudicó a Matthysse los rounds 1, 2,3, 5,6 y 7; su oponente ganó los asaltos 4, 8, 9, 10, 11 y 12. La calidad de los momentos dominantes del argentino, se convirtieron en la imagen gravitante para la apreciación mínima y desequilibrante, que justificó el veredicto y su continuidad en las competencias de primerísimo nivel. El efecto que causaron sus impactos en el rostro del ruso desde el 2º asalto fueron determinantes. Provodnikov, estoicamente, combatió con esa desventaja. La cara del siberiano fue, por momentos, una máscara punzó.

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Matthysse exhibió, casi con la misma intensidad, sus grandes virtudes y sus «lagunas» insalvables que lo mantienen en un desconcierto boxístico inquietante. Es lo que lo lleva a convertir una tarea lucida y explosiva, como la de anoche, en una competencia de epílogo dramático e incierto.

Su crecimiento técnico corroborado sobre la base del manejo del jab y la movilidad de sus piernas, distó de su prematura merma física y temperamental, que desdibujó su victoria.

«Me siento ganador, cada vez que piso los Estados Unidos». Con estas palabras Matthysse abrió la conferencia de prensa. Y agregó: «Ahora necesito descansar, estar con mi familia y prepararme para quien resulte vencedor entre Pacquiao y Mayweather. Estoy contento con mi trabajo, sobre todo con mi jab y con mis piernas, aunque me agoté en los últimos tres rounds. Yo sabía que venía a una guerra y el ruso la dio. Lo quiero felicitar, él fue un gran responsable de éste trámite en lo que para mí, fue la pelea del año. Es duro, me lastimé las manos después del séptimo round y ya no pude pegar. No sabía qué hacer para noquearlo».

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Sobre su mal momento del undécimo episodio dijo: «Es cierto, estuve ahogado y sentí sus golpes en ese instante. Ya no tuve tantas piernas y sólo me quedaba aguantar. Considero que gané bien».

A los 32 años y con un record de 37 victorias (34 KO), 3 reveses y un match sin decisión, Matthysse pudo mantener su lugar de preponderancia para los intereses de la industria del boxeo. Ganó y dejó en el camino, a un rival inquebrantable de 31 años, un auténtico robot del cuadrilátero, con atisbos inspirados en el corazón de Joe Frazier y en la dureza granítica de Bennie Briscoe. Facultades ideales para la composición metafórica del crítico de turno pero poco recomendables para el atleta que las ostente.

Mathysse pudo ganar por KO en el sexto episodio o perder por la misma vía en el undécimo. Es una máquina de pelear, ideal para el consumo norteamericano, pero es aún un púgil inestable. Carente de ejecución de los cotejos en el momento justo. Quizás, en los tiempos de euforia como éstos, rescatar sus impurezas sea lo más conveniente para hacer creíbles sus deseos de acercarse a Pacquiao o Mayweather. Alcanzó una victoria valiosa pero no la consagración definitiva